OASIS

Posted By on jul 16, 2013


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Galería Oasis

 

Oasis

El pequeño brote se abrió paso hacia la luz. No le había resultado difícil. Desde la oscuridad en que había nacido, el camino le fue relativamente sencillo. Había tenido que recorrer no mucha distancia, aunque algunos obstáculos le habían impedido el paso momentáneamente. El deseo de llegar le había proporcionado toda la energía necesaria para que nada le detuviese.

Había sentido la invocación y no podía desaprovechar la oportunidad. Al principio su referencia, sólo había sido un minúsculo punto luminoso. Eso sí, bien definido. Rotundamente claro. La señal a seguir. La vía a recorrer. Al comenzar, no sabía cuanto iba a durar esa guía y por lo tanto no se podía entretener, no podía fracasar.

El era pequeño. Minúsculo. Poco mayor que una cabeza de alfiler. Pero dentro de sí llevaba toda la fuerza de la Naturaleza. De la Vida.
No tomó conciencia de ello hasta que se comunicó con la Luz. Desde entonces esa tremenda Fuerza le estaba acompañando en todo el camino.

Conoció que a pesar de su tamaño, llevaba dentro de él todo el legado de muchas generaciones. No estaba solo, todos viajaban con él.
Era su objetivo, su destino. Había de conducirles a todos una vez más hacia la culminación de su ciclo vital. Se había estado realizando desde el Comienzo como en una danza maravillosa, colectiva, universal. Nunca igual. Nunca repetitiva. Siempre viva. Cada vez más vital.

Pero esta vez, algo parecía no encajar. Según se iba acercando hacia la superficie hacia la luz, esa sensación de incertidumbre, se hacía más evidente.
Era esa conciencia colectiva, ese legado unido de sus antepasados y de sus descendientes el que le hacía percibir que lo inesperado iba a suceder.

A pesar de que esa percepción, de que esa incertidumbre se hacía cada vez más real, seguía su camino con la misma convicción. No podía ser de otra manera. No podía fallar a lo que ciclo tras ciclo daba sentido a su ser, a su identidad, a su destino que era el destino de todo lo demás.

La fuente luminosa, se veía cada vez más cercana. A la vez, más potente, más Luz, más Fuerza.
Ahora podía sentir sin lugar a duda la perfecta unión de sus raíces subterráneas con la luz etérea, universal.

Ese maravillosa sensación alcanzó su culminación al salir a la superficie. Todo se lleno de luz, todo se lleno de energía, todo brilló como en una explosión estelar para festejar el gran acontecimiento singular.
Toda la fuerza del Cosmos estaba allí presente en ese instante eterno. Todo el Universo se manifestó en un acto de armonía absoluta.

Esa explosión de luz iluminó la conciencia del pequeño brote y le presentó la nueva realidad. La sensación de incertidumbre que le acompañó en la última parte del recorrido se descubrió y corroboró su sensación de que algo grave estaba sucediendo.
Sus expectativas de encontrarse en un terreno fértil donde poder desarrollarse y cumplir su papel en el ciclo natural pronto se desvanecieron.
Un universo grisáceo le rodeaba. Grandes moles de lo que parecía una mezcla de metal, cemento, cristal y otros elementos desconocidos se levantaban por doquier.
El fuerte olor y la composición del aire, le dificultaba poder conseguir del exterior circundante la energía necesaria para transmitirla al resto de su estructura.
Su incipiente realidad le exigía lo que parecía no podría obtener.
Sintió terror por no poder cumplir con su parte del ciclo vital. Su miedo se hizo aún mayor cuando vio a su alrededor los restos de algunos otros brotes semejantes a él, exhaustos sobre la superficie negra, que como él habían podido surgir gracias a pequeñas fisuras en el terreno.
Yacían sin vida, sin futuro.
Aunque su instinto de supervivencia le renovó las fuerzas, sabía que luchaba contra lo inevitable. Pero una vez más volvió a sentir la fuerza de su linaje, de su destino y salió un poco más hacia la luz. Sabía que allí podía estar la respuesta, la vida, la continuidad.
Se revelaba contra no sabia qué, pero sabía que tenía que seguir haciéndolo.

Su lucha por sobrevivir , continuó por lo que le pareció un tiempo infinito. Estaba a punto de sucumbir, de convertirse en uno más de esos cadáveres que le rodeaban. Comenzó a pensar que todo iba a acabar así. Que tal vez, ese era el destino que le esperaba. ¿Cómo podía ser tan sinsentido todo lo que le estaba pasando? ¿Para qué haber pugnado por recorrer un camino con un final tan injusto? ¿Para qué haber nacido?

Y fue entonces cuando menos fuerza tenía, cuando todo parecía irremediable, cuando surgió de la nada, o al menos eso le pareció a él, Ser Humano. Su acción fue salvadora, inmediata.
De la actuación de Ser Humano, el brote no tuvo conciencia. Sus escasas fuerzas sólo le alcanzaban para la más elemental de las supervivencias.
Había surgido una conexión entre ambos seres. Nació un vínculo que le devolvió a la vida. Todo su pequeño ser, enraizado en la Madre Tierra  y conectado con la Luz, sintió el brío necesario para emerger con el máximo esplendor.
Ser Humano de manera mágica, le fue abriendo espacio en el universo grisáceo que les envolvía. Al hacerlo, cada centímetro del nuevo territorio se cubría de vida. Nuevos brotes manaban y se multiplicaban cada vez con más atrevimiento, con mayor rapidez, con la convicción del que reconoce lo que le pertenece, del que reconoce lo que es suyo y a la vez de todos, de lo que forma parte y de los que son parte de él al unísono.
Aquellos angostos brotes que en su primer intento aparentemente no habían conseguido su objetivo, aquellos que no lograron sobrevivir, recobraron la conciencia de su destino. Fueron la base, el alimento, la avanzadilla necesaria para que ahora los otros, los jóvenes, los recién aparecidos tuvieran el camino más fácil.
Se dieron cuenta que sí tenía sentido todo lo que les había sucedido. Sus sombras se convirtieron en el mejor de los fulgores. Se percataron del sentido del vínculo con Ser Humano. Le habían indicado que allí debajo de aquel mundo gris había vida y que pugnaba por salir, por hacerse notar, por compartir un universo de energía con el resto, con los demás. Y él, Ser Humano, les iba a ayudar a conseguir su objetivo.

La labor conjunta comenzó a dar sus frutos. Pronto los brotes empezaron a surgir por doquier. Tan pronto como Ser Humano era capaz con sus propias manos de hacer aparecer la tierra, todo cambiaba de aspecto. La humedad del terreno y la celestial luz hacían el resto. Ser Humano se sentía reforzado al ver como su interacción era cada vez más efectiva. Él iba abriendo nuevos terrenos donde los nuevos brotes se asentaban, crecían, florecían, se reproducían a un ritmo cada vez más vertiginoso.

Pero no todo estaba hecho. A Ser Humano se le ocurrió que a aquello había que darle un orden. Su labor debía quedar reflejada de alguna manera patente. El desorden con el que habían surgido aquellos impacientes brotes, denotaban el ansia, el estrés, la incertidumbre, el temor que había estado presente en todo el proceso inicial. Todo estaba mezclado, ramas con raíces, flores con arbustos, cielo con tierra. La armonía de la Naturaleza debía estar presentarse, hacerse notar y Él sería el encargado de hacerlo.

Poco a poco, paso a paso, rama a rama, flor a flor fue componiendo una obra maestra. Era una armonía distinta. Se notaba de qué era producto. Se notaba el amor.

Como atraídos por una llamada irresistible, otras especies empezaron a llegar.
Aves del cielo, aves urbanas, encontraron también un remanso de paz y un lugar de encuentro que inmediatamente reconocieron como algo que entraba en comunión con sus mas íntimos recuerdos y sentimientos.
Animales terrestres empezaron a encontrar su hogar entre aquellos árboles, plantas, flores o en el subsuelo, ahora enriquecido por la luz solar y el agua que la regaba brotando desde lo más interno ahora con sentido y finalidad.

Ya estaba casi todo. pero incluso antes de terminar, los seres humanos ansiando ese reencuentro con la Naturaleza habían aparecido como llamados por un aviso ancestral. Habían surgido de entre el laberinto de cemento y hierro que hasta entonces había constituido su hábitat. Sabían que allí encontrarían aquello que andaban buscando, que sabían que era parte de ellos pero que les faltaba desde que alguien les había dicho que allí encontrarían la seguridad. Pero su instinto les conducía a ese encuentro.

Al llegar allí comenzaron a ver, a oler, a escuchar, a tocar, a gustar, a sentirSE.
Comenzaron como bebés a moverse sin parar yendo de un lado para otro a descubrir cada una de las maravillas que allí estaban. No podían parar porque en todas se reconocían. Ser Humano contemplaba a sus semejantes disfrutar como nunca lo habían hecho antes. Sus caras cambiaban mimetizándose con cada uno de los encuentros. Las flores, los árboles, todos y cada uno de los seres que allí estaban notaban la alegría colectiva y formaban parte de ella. Les alimentaba, les hacía sentirse mejor más y mejor, notaban como a cada momento su vida tomaba más sentido.
Las horas que pasaron allí les parecieron un instante, pero un instante en el Paraíso, compensaba toda una vida de asfalto y materiales de construcción.
Llegó el momento de volver, poco a poco se fueron retirando, volviendo a perderse en el laberinto del que habían salido, pero esta vez algo era distinto, todo era distinto una sonrisa les acompañaba. La misma que Ser Humano compartía con ellos. Todo acababa de comenzar.

A todos esos oasis urbanos, que nos hacen posible el reencuentro con nuestra Naturaleza.

José M. García-Aranda Encinar

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